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Agosto del 2006
Publicado el
26 de Agosto, 2006, 21:39
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Las ETN son un actor político de primer orden por su capacidad de incidencia en la agenda política y en las reglas de juego globales. A pesar de ello, no están sometidas a ningún tipo de control democrático
Jesús Carrión y Toni Verger
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Las empresas transnacionales (ETN) están detrás del 85 por ciento de la Inversión Extranjera Directa (IED) [1] y del 66 por ciento del comercio mundial. Estas cifras nos indican que las ETN son el actor económico más relevante del sistema global actual. Además, este poder económico se traduce en poder e influencia políticos, lo que es utilizado por las ETN para moldear el contexto en función de sus intereses.
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El objetivo principal de cualquier ETN es la obtención y la maximización de beneficios. En consecuencia, las grandes empresas buscan continuamente nuevas formas de reducir costes y de incrementar sus ingresos, nuevos lugares en los que extraer recursos naturales y materias primas y países con marcos reguladores más laxos que les permitan contratar mano de obra barata y sin restricciones ambientales. Y, por ello, no dudan en incidir, desde la posición de poder que ostentan, en el cambio de legislaciones e, incluso, de Gobiernos.
Una transnacional no nace, se hace
Una empresa se considera transnacional cuando su participación en el capital de, al menos, una empresa de un país extranjero es igual o superior al 10 por ciento. La compañía participada por la transnacional pasa a ser una filial. La forma más simple que tiene una empresa para convertirse en transnacional es por medio de operaciones de IED.
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Publicado el
24 de Agosto, 2006, 22:37
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Para restaurar el espíritu de la democracia participativa se han propuesto unas cuantas medidas institucionales susceptibles de rehabilitar el civismo de los ciudadanos
Enrique Gil Calvo, Claves, julio de 2006
El concepto de capital social es tan atractivo y a la vez tan polisémico que resulta contradictorio y equívoco. En principio, se refiere a las redes asociativas que vinculan a los ciudadanos con los asuntos públicos. Concebirlo como una forma de capital implica que se trata de un recurso capaz de satisfacer intereses privados, pero el que se le califique de social también implica que sirve al interés general, o al menos que satisface intereses comunes. Por eso, lo más habitual es identificarlo con la libre participación en las asociaciones voluntarias que articulan la llamada sociedad civil. Y con arreglo a lo que podríamos llamar el teorema de Tocqueville, se da por supuesto que cuanto mayor sea el fervor asociativo que vigoriza a las democracias, tanto más satisfecho se verá el interés público. Lo cual lleva a pensar que el capital social es el fundamento de la democracia participativa.
Sin embargo, las redes clientelares o mafiosas también pueden ser consideradas como tejido social de ayuda mutua, y desde luego no constituyen ningún motor de participación cívica sino, por el contrario, un freno que la reprime y hace imposible, generando un incivil cáncer social. De ahí que, como sucede con el colesterol, también se distinga un capital social "bueno" (constructivo, benéfico) en contraposición a otro "malo" (negativo, contraproducente). Esto impide establecer sin más una ecuación entre capital social y participación cívica, como si ambas magnitudes fueran directamente proporcionales (a más de una, más de la otra y viceversa), pues las cosas son más complejas.
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